Cádiz y Jerez: el alma andaluza entre el mar y el vino

Jerez de La Frontera

«Ningún conocimiento, por excelente y saludable que sea, me dará alegría si lo aprendo solo para mí. Si se me concediera la sabiduría con esta limitación, de guardarla en mí mismo y renunciar a difundirla, la rechazaría». Así escribe Séneca. Poeta y político de la antigua Roma, era originario de Córdoba. Es recordado y citado como un intelectual de Andalucía, una tierra que se abre al mar, ya sea el Mediterráneo o el océano Atlántico, entre el placer de la Costa del Sol y la pasión de Granada. Sevilla es entonces el punto de referencia y de partida, no solo la capital.

La mirada hacia el gran hermano azul no puede sino comenzar en Cádiz, pues la mitad de su perímetro es litoral, explican las guías. A pocos kilómetros se encuentran playas encantadas, residencias con prados perfectamente cuidados y paisajes de postal. Dentro de las calles de Cádiz, estrechas y rectas, se descubre la historia y la excelencia gastronómica, lo salado que se vuelve dulce. Como ese tipo de vino que se inventaron por estos lares y que los ingleses secuestraron hace siglos para crear el sherry, con el fin de eliminar del paladar el sabor a mantequilla y grasa de la cocina británica. Ese néctar son los vinos de Jerez de la Frontera, a un puñado de kilómetros hacia el interior, pero siempre con el mar en perspectiva.

El sabor del vino se disfruta en una de las muchas bodegas, como la casa Lustau, que ofrece también un recorrido por la tradición de la agricultura y el flamenco, de las cenas a la luz de la luna y de la corrida, con caballos y jinetes. Ese arte ecuestre que se muestra al mundo como en el Lejano Oeste, aunque mucho mejor.

Al recorrer las calles de Cádiz, América parece muy lejana, aunque Cristóbal Colón partió de aquí en uno de sus viajes que cambiaron el mundo. En los carteles se lee que hay disponibles más de diez mil metros de playas de arena fina y dorada. Federico García Lorca escribió: «Cuando aparece la luna callan las campanas y los senderos parecen impenetrables. Cuando aparece la luna el mar cubre la tierra y el corazón se convierte en isla en el infinito». Ese es el deseo que alimenta el alma, y entonces no queda más remedio que regresar a Jerez, al restaurante con dos estrellas Michelin del chef Juanlu Fernández, LÚ, Cocina y Alma, para sentir el amor por los productos andaluces y por el vino —siempre distinto— que acompaña el recorrido.

Uno sale aturdido por tanta pasión, por el sol y por el viento que sopla sereno, sabiendo que atraviesa llanuras casi infinitas, áridas y cuidadas. Es el paisaje de Cádiz que abraza a Jerez, y viceversa. El poeta Luis Cernuda escribió: «El alma en armonía, sola quiere vivir junto al objeto amado, con el silencio de una rosa que se abre en la rama. El alma en desarmonía, sola debe morir en contacto extraño, con el silencio de una rosa que se deshoja en la rama».

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