Ambiente

Matalascañas, la factura pendiente del urbanismo a pie de arena

La borrasca Francis reabre el debate sobre un modelo turístico frente al avance imparable del Atlántico

La borrasca Francis no solo ha dejado imágenes de destrozos en la costa andaluza, sino que ha actuado como un recordatorio brutal de una herencia urbanística difícil de sostener. En Matalascañas, núcleo costero del municipio onubense de Almonte y la puerta urbana más cercana a Doñana, el temporal ha devorado buena parte del paseo marítimo y ha puesto contra las cuerdas a una urbanización levantada, literalmente, sobre la playa.

El proyecto de Matalascañas nació con entusiasmo desarrollista hace más de medio siglo, cuando fue declarado Centro de Interés Turístico Nacional. En aquel contexto se permitió construir hasta la misma orilla, como ocurrió en otros puntos del litoral andaluz. Hoy, décadas después, el océano devuelve la factura de esas decisiones: un kilómetro y medio de paseo marítimo destruido, chiringuitos arrasados, muros derribados y el agua entrando en viviendas de la urbanización Pueblo Andaluz.

El alcance de los daños ha sido tal que incluso la Unidad Militar de Emergencias (UME) tuvo que evaluar la estabilidad de un edificio cuyos cimientos quedaron inundados. La depuradora, ya insuficiente antes del temporal, ha quedado al borde del colapso. El alcalde de Almonte, Francisco Bella, ha cifrado en más de nueve millones de euros las pérdidas sufridas tras el paso de Francis.

Desde el Ministerio para la Transición Ecológica se asume que las actuaciones realizadas hasta ahora no son más que soluciones temporales. El último parche, actualmente en ejecución, contempla una inversión de seis millones de euros para verter 700.000 metros cúbicos de arena. Sin embargo, los propios técnicos del ministerio advierten de que la única medida realmente eficaz sería retranquear el paseo marítimo unos 100 metros hacia el interior. Una decisión que, según calcula el ayuntamiento, implicaría la demolición de hasta 300 inmuebles situados hoy casi a pie de playa.

El caso de Matalascañas no es una excepción, sino un síntoma. En esta urbanización, donde residen de forma permanente unas 3.000 personas pero que en fines de semana de verano puede concentrar hasta 300.000, se concentran muchas de las contradicciones del urbanismo turístico explosivo que marcó Andalucía en el pasado. Un modelo que ahora resulta extremadamente difícil de revertir porque hacerlo supondría asumir la desaparición de miles de viviendas.

La advertencia es clara. La Consejería de Sostenibilidad y Medio Ambiente estima que de aquí a 2050 el litoral andaluz perderá entre cinco y 25 metros de playa seca, con la Costa del Sol como el tramo más castigado. Francis solo ha sido un aviso. La pregunta ya no es si el mar seguirá avanzando, sino hasta qué punto estamos dispuestos a replantear nuestra relación con la costa antes de que el próximo temporal vuelva a recordarnos que el espacio ganado al océano nunca fue realmente nuestro.

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